miércoles, 12 de septiembre de 2007

Sad Songs City



Un poco de Fresán es mucho. Pero para bien
Hoy (o ayer, si me dejo llevar por el preciosismo cronológico) me acerqué, con un poco de esa sana expectativa que no pasa por mí ni día por medio ni cada dos por tres, hasta el CCEBA para escuchar lo que Alan Pauls y Rodrigo Fresán tenían para decir acerca de las ciudades literarias. Fue un día a plena literatura argentina, porque asistí después de rendir un parcial que involucró a Florencio Sánchez y a la intolerable poética nativista finisecular. De manera que el traspaso temporal, es decir, estético, se sintió y se agradeció.
Lo de Alan Pauls fue autobiográfico, breve y brillante, dando cuenta de una experiencia en Brasilia y del vislumbre de la futura rémora en que se convertirá lo actual, que ya contiene su propia ruina. Y Pauls dijo que hablaría poco para cederle a Fresán un poco de tiempo más, teniendo en cuenta que éste no venía a Buenos Aires desde hace cinco años.

El Regreso
Hoy (o ayer) también compré el esperado La lengua popular, disco que se siente en muchos sentidos como una vuelta. ¿De dónde? De varios lugares: en principio, de la obstinada errancia por el género de la canción popular a la que A.C. nos sometía últimamente. Esos discos, salvo Tinta roja, fueron geniales (hablo de El cantante y El palacio de las flores). Es más creo que en el disco que hizo con Litto Nebbia tuvo lugar la canción más hermosa que haya pasado por la garganta de AC: “Tengo una orquídea”, canción sin rock ni pop ni baterías, pero con cuerdas, con una letra delicadamente romántica y un clima a Último tango en París que no sabría decir en dónde está pero que está.
Sin embargo uno extrañaba al viejo y querido Andrés: el de dientes apretados, sentido del humor, carretera y guitarras eléctricas. Ëse AC nunca dejo de estar: el ya legendario show bajo la lluvia del Club Ciudad de final del año pasado lo probó, aunque claro ahí estuvo también Ariel Rot, el mejor guitarrista de rocknroll argentino. Y con él no se puede no pisar terreno de road movie.

Canciones Tristes
Faulkner le puso a su ciudad Yoknapatawa. Era un bueno nombre, si no recuerdo mal ese era el nombre indio de un río que hay en Mississippi. Pero no se puede negar que Sad Songs es un nombre muchísimo mejor para una ciudad.
Entiendo, o creí entender en su momento, que para Fresán Canciones Tristes, la ciudad que él construyó y que permanentemente se mueve y se traslada, funciona como sinécdoque de la Argentina (o más bien de Buenos Aires ¿no?), y tiene algo del París pretéritamente festivo que seguía a Hemingway a todas partes. La misma melancolía, tal vez.
De cualquier modo, yo también vivo en Canciones tristes.

In the Rye
En la década del ochenta Fresán escribió durante tres años una columna para la revista Pelo que se llamaba “El cazador oculto”, en la que me suena que daba cuenta del ambiente “rockero” de la época. Intenté buscar algún número de esta infame publicación argentina pero no di con ninguno que tuviese la columna citada. Aunque sí encontré el número aniversario de la Pelo de 1991 (400 números) en el que Fresán retoma su columna por última vez para recordar esos años pasados. La columna finaliza con las siguientes palabras: “Cuando éramos felices e indocumentados. Cuando las noches nunca parecían ser lo suficientemente largas”.
Al comprar esta revista allá por el 91 no entendí a qué se refería, supongo. No pude haber entendido. Hoy sí.

Saliva y sangre: el poeta fértil
Nadie sale vivo de aquí era un título muy apropiado para el 1989 argentino: el descalabre económico no ofrecía muchas posibilidades de sacarse la soga del cuello. Calamaro, en el texto del librito del disco, le cedió la palabra escrita a Fresán, quien pudo apuntar que la esquizofrenia cancionística era una marca de AC, metaforizada en la canción que cierra el disco, “Dos Romeos” (los famosos siameses Bang-Bang: “Bajo el signo de géminis incubado/ 69 es el número dorado/ Somos dos en uno, un todo formamos/ con doble cañon la carga disparamos”).

Starr
En el CCEBA me encontré, en una previsible casualidad, con un compañero de la facultad. Después de comentar muy sucintamente lo extraño que era tener a Pauls y Fresán ahí, literalmente frente a nosotros, le dije que con un poco más de pelo Fresán sería Ringo Starr.

Stone tongue
Calamaro le vuelve a ceder la palabra escrita inicial a Fresán en La lengua popular, aunque extrañamente, siendo que es ahora un mucho mejor escritor que en aquel 1989, el texto es muy poco inspirado; para ser sincero es más bien decepcionante.

Con la lengua afuera
Fresán parece invadido por una suerte de principio de desmesura. El interminable La velocidad de las cosas lo prueba; “¡Cómo teclea Rodrigo!” me dijo un compañero una vez. Y sí, pero no solo “teclea" muchas palabras sino que en ese texto hay aproximadamente nueve mil líneas narrativas disparadas hacia nosotros (fueron prolijamente contadas por mí), tantas que pueden llegar a abrumar a veces. En esta conferencia el mismo principio del exceso se hizo presente. Eso de ningún modo quiere decir que el monólogo se volviese aburrido. No, por supuesto. Pero Fresán soportó en carne propia, físicamente, su desmesura: después de hablar (leer) más o menos el mismo tiempo que Pauls y otros dos conferenciantes juntos, después, digo, de esa tour de force, el escritor abrió la boca y sacó la lengua en un gesto de cansancio que evidenció que su propia literatura literalmente “quita el aliento”.
Si no fuese porque considero que no tiene mucha clase hacerlo, me hubiese hecho firmar un libro. Pero, ¡ah!, el pudor...

domingo, 12 de agosto de 2007

Apuntes para una road movie II (Chau, Lucille)

Life's not complete
till your heart's missed a beat
And you'll never make it up,
or turn back the clock
Paddy McAloon


El lugar, las caras de los pocos tipos que había, Aníbal secando un vaso atrás de la barra con el cigarrillo medio muerto en su boca también medio muerta, y si ella estuviese acá, estaría ahí tomándose una cerveza en una botella chiquita, del pico, sus dedos jugando con un encendedor metálico que reverberase violentamente; y todo parecería un poco afuera del tiempo, como si estuviese más allá de la historia, como si dijera que es lo mismo estar acá, en California o en el Infierno.
Dentro del Tom Club, la música era más real que las pocas personas que se aferraban a sus vasos. Contra la pared que daba al baño, un hombre y una mujer, llagas muertas, astillas de una épica imposible, se miraban sin poder decirse nada; podía advertirse que hubiesen entregado cualquier cosa por una palabra, pero ya no tenían cosa alguna que ofrecer. Desde los ojos del hombre una manada de gusanos galopaba subterránea e inexorable.
Una Voz empezó a inundar todo el Tom:

How little we know!
How much to discover!
What chemical forces flow
from lover to lover...


El puto Sinatra, pensé. Qué golpe bajo.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Apuntes para una road-movie


Una belleza extraña, como el momento en el que Ben canta “In dreams” y Dennis Hopper está ahí, emocionándose o volviéndose loco, y uno no sabe si tener miedo o enternecerse o cortarse la carne para rimar con el momento. Pero uno tiene que hacer algo, porque si hubiese un guión claramente lo exigiría.
Así funciona también aquello de lo que hablo.
Ése es el efecto.

Y te mira, aunque nunca permite que la suya sea una mirada. Porque, cuando está, las luces giran y hacen foco en el que está del otro lado. En parte, es una estafa enochsoamesiana: un pozo que uno cava mientras va cayendo.

Pero en realidad no sabés. Y aunque me encontrara con el mismísimo Rey, y aunque me preguntara al oído si me siento solo esta noche, y aunque nos llevara ahora mismo a Las Vegas hasta el cuello de anfetaminas, daría lo mismo.

Me gustaría poder decírselo.




jueves, 26 de julio de 2007

Una noche en Montserrat

Ayer a la noche leí Montserrat, la nouvelle de Link.
Todo comienza con la llegada de unos intrusos que alteran el funcionamiento del barrio. El narrador-protagonista, M. Spitz, entabla una cierta amistad con los recién llegados. Uno de ellos, el que es realmente peligroso, es un hombre que ha sido alumno de Spitz y que sostiene que una de sus clases le cambió la vida, induciéndolo a dejar la carrera que estaba estudiando y a iniciarse en el Ocultismo.
A partir de ellos (especialmente, uno de ellos, Álvaro, el ex alumno) Lo Raro logra saturar el clima: animales enloquecidos, accidentes, la amenaza de que el discurso del otro acabe por socavar las propias certezas.
El descubrimiento de unos túneles subterráneos, el secuestro de la gata Tita Merello y un descenso a los túneles que no puede sino recordar un descenso a los infiernos, agregan el componente de aventura.
No voy a contar todo, porque ahí está la nouvelle para leerla, pero no dejó de llamarme la atención que sea la figura del alumno aquello en dónde está la psicosis, la causa del mal y del desbarajuste general e incluso la amenaza de acabar con el mundo.
El alumno es el monstruo y la amenaza, para Spitz. No sé cómo será para el Link real (suponiendo que tal entidad fuese aceptada por el propio DL), pero pensar que también para él puede ser de ese modo no deja de tener su gracia.

lunes, 16 de julio de 2007

Word es de derecha

Estaba escribiendo y cuando puse "Adam" el Corrector de Word me lo subrayó, marcándome el supuesto error. A pesar de que yo sí quería escribir "Adam", hice click sobre la palabra con el botón derecho del mouse para ver las opciones de corrección. Y aquí viene lo raro: entre las opciones (Adán, Dama, Hada) estaba "Hadad". Me imaginé la mandíbula hipertrofiada y los ojos chiquitos; me asqueó.
Si Barthes decía que la literatura es un irle por izquierda al lenguaje, evidentemente el Corrector de Word es ideológico.
Ahora, cada vez que abra Word, no voy a dejar de pensar que mientras yo escribo hay una silenciosa conciencia vigilante que me acecha desde quién sabe dónde.

viernes, 13 de julio de 2007

El oráculo de dos pesos

El kioskero que está en frente de Puán me dio el vuelto de los cigarros. Entre los billetes, uno estaba casi hecho pedazos, era de dos pesos. Lo miré (al billete) y lo miré (al kioskero). Estuve a punto de decirle que me lo cambiara, pero qué más da, por dos pesos. Caminé unas cuadras y volví a mirar el billete. Noté que a pesar de ser casi un desecho contenía un pequeño texto, decía: "Néstor Kirschner es el mejor presidente de la historia. Y Cristina será aun mejor". Me pareció extraño, porque en general la escritura en moneda tiende a lo amoroso o a lo religioso. Después lo primero en lo que reparé fue en una cuestión estilística. Me pareció que el uso del futuro en lugar de la perífrasis (va a ser) dejaba percibir un aire pretendidamente profético, así como una deliberada búsqueda de un registro alejado de la oralidad. El texto decía dos cosas: una que Cristina va a ganar (para lo que no hace falta ser un adivino); la otra, que su gobierno será el mejor de la historia. Supongo que la elección de un billete de dos pesos tiene que ver con el hecho de que el mensaje llegue a todas las clases y de que circule todo el tiempo.
Unos días antes una llamada telefónica me había dejado perplejo. Para empezar era la primera vez que me llamaban de una encuesta supuestamente relacionada con los ratings de televisión. La grabación me preguntaba algunos datos biográficos básicos y el canal que miraba (justo no estaba mirando nada, aunque contesté que miraba canal siete), pero sobre el final las preguntas cambiaron el tono y se agregaron unas dos o tres preguntas sobre Cristina: si creía que iba a ganar, si iba a gobernar mejor, igual o peor que K, y algo más. Me pareció una grasada. ¿Por qué no me preguntaron eso de entrada si era lo que querían saber? Me indigné.
A la grabación telefónica le corté. No me parece muy elegante que me cambien los términos de la charla cuando en el pacto inicial el tema era la televisión. Al billete de dos pesos lo quemé en un pequeño fuego doméstico: potlatch. Pero, claro, en el supuesto caso de que el intercambio se produzca (porque el potlatch supone eso): ¿qué puedo esperar por dos pesos? Lo que es más inquietante, ¿quién es el otro dador?
Dos pesos. Qué miserable.

sábado, 7 de julio de 2007

Willy Crook

Una entrevista muy graciosa que deja una frase memorable: "Quiero polarizarme los ojos".

viernes, 6 de julio de 2007

Impresionante

"Hay una superficie que parece homogénea, que por ardides de la luz se ofrece en gamas de verdes o azules, pero hostigada por el viento se descompone en picos salpicados de blanco y pasajeros valles en penumbra. Porque el mar no es una superficie ni está hecho de una pieza. El raid de una gaviota en busca de sardinas abre un surco de espuma; hasta donde la luz penetra, y la luz penetra, millones de diatomeas y flageladas pletóricas de primavera se devoran entre sí o mueren devoradas por copépodos, y el holocausto entero del plancton se disipa en un brillo nocturno de fosfatos.
"El mar es una ilusión de continuidad que a cada instante se pulveriza en violencias. La arena misma, para empezar, es un cementerio que se entibia al mediodía. Algunas veces, cuando baja la marea, el ojo descubre el vendaval de muerte condensado en la quieta gelatina de las medusas varadas. Fuera de esas reliquias, la energía criminal del mar suele esconderse en los olores que exhala".

Marcelo Cohen, El fin de lo mismo.

jueves, 21 de junio de 2007

El mosquito

En un rincón casi inexplorado de la casa (a la que no reconozco lo suficiente como para proclamarla "mía") hay un mosquito. El espacio es un baño, repugnante, muy pequeño, tanto que la existencia conjunta del inodoro y el lavatorio invitan a la persona que pasa por ahí a pensar dos veces si realmente quiere entrar: se trata de un baño hostil.
Por supuesto que a lo largo del tiempo conocí baños peores (y ciertamente peligrosos para la continuidad inalterada de ciertas partes del cuerpo), pero esos baños no estaban en la casa. Afuera, en la ciudad, uno acepta esa clase de violencia; de hecho, cuando voy a algún lugar y el baño está demasiado limpio, eso no hace sino dejar ver una artificiosidad, un énfasis tal, que me termina resultando incómodo.
Supongo que cada casa tiene un lugar prohibido, un lugar del que no se habla, pero justamente esa deliberada omisión –esto es evidente– lo hace más notorio.
Pero el baño. Hace años que nadie lo limpia. Nadie. Claro, tampoco recuerdo que nadie lo haya usado nunca, salvo –en poquísimas ocasiones– para alguna rápida y furtiva meadita masculina. Así que ese baño no ha conocido nunca a una mujer.
Y a veces sucede que ya es demasiado tarde para ciertas cosas. Qué novedad, ¿no? Pero el caso es que este baño es un ejemplo de ello: ya no se lo puede limpiar. La fetidez que lo habita no es humana (puesto que, como ya dije, prácticamente no ha sido usado). El inodoro está recubierto de unas salpicaduras tales –que no son de lo que uno podría suponer, sino que su naturaleza es aceptada como inexplicable– que cada vez que lo veo me recuerda a aquel inodoro de Trainspotting en el que el yonqui se mete. Imagino que éste sólo podría ser limpiado por un yonqui al que se le prometiera como paga un chute. Así de extrema es la situación. Imaginé también proceder yo mismo al limpiado: llevaría una manguera de un diámetro bien grueso y le entraría a dar. Con un chorro bien potente. Pero no. No se puede. La presencia amenazante de una lamparita de luz a una altura anormalmente baja, los cables medio corroídos por quién sabe qué cosa, el interruptor y el enchufe a la vista sin la tapita correspondiente, son demasiados peligros como para atacar el baño con agua.
Pero lo que más me inquieta es que en la pared que está detrás del inodoro, en uno de los horribles azulejos amarillos, está pegado un mosquito muerto. Entero, con todos sus miserables miembros extendidos. Lo extraño es que hace años que está ahí, perfectamente igual, idéntico a sí mismo, perpetuo. A pesar de que el cuerpo no está en una tela de araña, sino que simplemente está pegado a la pared en una especie de manchita (tal vez sangre), no entiendo por qué las numerosas arañas que forman parte de la población del baño no se acercan hasta él y lo devoran. ¿No es que para eso tejen sus trampas, para poder comerse los insectos que se entregan así a la crueldad? Sin embargo, no, estas arañas parece que no se quieren alimentar del mosquito. Y el cuerpo sigue ahí, todos los días, año tras año, como si esperara algo (o como si lo demás dependiera de su mirada). Ahora mismo mientras escribo pienso que él está ahí, crucificado en la pared del baño de la casa (a la que no me atrevo a llamar "mía"). Puede resultar intolerable, si uno lo piensa.
Lo que más me preocupa (me aterra el sólo pensarlo) es que tal vez, tal vez, no esté realmente muerto.

domingo, 3 de junio de 2007

Noventicidad

Los noventa comenzaron –para mí– en esa puerta de van que se abría en el histórico video de "D-Generación". El comienzo, así, ya estaba marcado por una certeza: el viaje había terminado y el único gesto posible era el de bajarse. Sin embargo, desde mi perspectiva personal no era sino un alumbramiento: una música (nueva y sorprendente para aquella inocencia mía), un estilo, una posibilidad de fuga de la intolerable medianía familiar, etc.
Por esos días había también otro video de una banda joven y prometedora en el que la van tenía un rol importante: el de la canción “Today” de los Smashing Pumpkins. Pero ahí la función de la van era justamente la inversa, no se bajaba sino que se subía; se subía y se viajaba. Si la lógica musical de los noventa todavía se sostenía en relaciones de centro y periferia (el centro de los primeros noventa fue la alternatividad estadounidense; la realidad actual del rock argentino creo que muestra que esa lógica ya no funciona), habría que decir que esa lógica estaba fundada en una disimilitud esencial e imposible de maquillar evidenciada en esos dos tipos de van: la que sirve como medio para un viaje y la que sólo es un refugio en donde colocar la imposibilidad de concebir algún tipo de viaje propio. En otras palabras, el rock argentino nació con una idea, “la de irme al lugar que yo más quiera/ me falta algo para ir (...) construiré una balsa y me iré a naufragar”. Esa forma de viaje, el naufragio, se encontró con la costa en aquel sónico 1992: esa van de “D-Generación” es el fin del viaje propuesto por Litto y Ramsés.
Se puede decir que no habría que considerar al rock argentino como una totalidad; se podría preguntar qué tiene que ver Babasónicos con Los Gatos. Creo que en principio lo que los vincula es el hecho de que esas dos canciones son los extremos de una forma de entender el rock como hecho gregario; ambas canciones funcionan –ya se sabe– como manifiestos de sus respectivas generaciones: una expresaba un deseo y una decisión tomada (“Con mi balsa yo me iré a naufragar”*); la otra declamaba en colores una amarga certeza: “Olvidate, ya pasó”. Pero aun así, “D-Generación” no es mera negatividad sino que dice algo: la posibilidad de un horizonte generacional compartido. Aquella generación fue la última que pudo decir algo; es más, podría ir más lejos y arriesgar que aquella fue la Última Generación en lo respecta a rock nacional.
Los noventa lo vieron todo: un sorprendente y hoy inexplicable auge del blues (creo que en un período no superior al año y medio vi, uno tras otro, a B.B. King, Albert Collins, Albert Hammond, Edgar Winter, Jimmy Vaughan, Koko Taylor, John Mayall, Buddy Guy, Robben Ford, al viejo Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, y otros oscuros personajes del universo bluesero que tocaban en “Oliverio” o “El Samovar”); la ramonesmanía y una divertidísima camada punk (con 2`a la cabeza, Superuva, y demás, y recitales intolerables de The Exploited o G.B.H., a los que por cuidar mi vida no asistí, aunque tuviese mucha curiosidad por aquel ambiente), era un momento en el que levantabas una baldosa y salía una banda hardcore-punk; también se estaba cocinando el rock más suburbano (recuerdo haber ido a ver a Caballeros de la Quema, en la época del primer disco, y comentar con un amigo “¿Qué onda esas remeras de “La Renga”? ¿Qué es eso?”); una popularidad inusitada del metal: años en los que, por un lado, Metallica y el “Álbum Negro”, y por otro, Guns ´n ´Roses y “Use your illusion”, se colaban en el pasacassette de casi cualquiera**.
Pero a pesar de toda la aparente efervescencia de esos géneros, si uno piensa en términos de “generación”, sólo podría hablarse de tal cosa en relación “lo alternativo” y “lo indie”. ¿Qué hace de un grupo de individuos una generación? Julius Petersen hablando de las generaciones literarias menciona: una edad similar, una formación más o menos homogénea, que haya relaciones personales entre ellos, un acontecimiento generacional que los marque, una figura que funcione como “caudillo”, un lenguaje propio, y, por último, el anquilosamiento de la generación anterior. De estos ítems me parece que el más importante es la idea de un hecho, un acontecimiento, que opere como aglutinante. En el caso de la generación del noventa ese rol lo cumplió la debacle de 1989. Dárgelos, en un reportaje, da la clave: “Había intentado otras cosas, como trabajar o estudiar, pero no tenía ningún incentivo. Y perdido por perdido, prefería perder en el rock”. El desastre de la hiperinflación y la caída de Alfonsín dejaron perdida a una generación; ese fue el combustible que más tarde estalló en la primavera menemista. En lo que respecta a los otros “requisitos” uno podría decir que la figura de caudillo espiritual la cumplió Daniel Melero (que produjo el primer disco de Los Brujos y con quien Babasónicos “habla(ba) de paz”). Pero creo que lo más importante de aquella generación es que tuvo la creencia de que lo nuevo (categoría, por supuesto, ultrasuperada, pero –no olvidemos– que el rock tiene otra serie temporal, no necesariamente en sincronía con las otras series artísticas) podía pensarse. Aunque más no fuese como negatividad: lo nuevo, fue –por supuesto– atributo de los ochenta; los noventa enmascararon la imposibilidad de esa emergencia con el producto de la nostalgia por aquella posibilidad ya vedada. Por eso es que la nostalgia, la melancolía y el spleen (que siempre estuvieron en el "Rock Argentino") se intensificaron hasta la caricatura: de lo "alternativo" a lo "indie low-fi". Está claro igual que lo alternativo y lo indie son cosas bien diferentes. La alternatividad argentina fue más bien festiva, mientras que lo indie –con la Velvet como libro de cabecera– fue decididamente melancólica. Pero, más profundamente, creo yo, hay una ligazón entre ambas estéticas. La nostalgia de la altenatividad radicaba en la conciencia de la imposibilidad (pues el viaje ya había acabado); esa nostalgia se transformó en la melancolía indie. En otras palabras, lo alternativo fue una fiesta, lo indie fue la casa vacía tras la fiesta***
La década del noventa, si bien está enmarcada por dos desastres (1989, 2001), en materia de rock´n´roll se podría decir que terminó en 1995 con el disco de Perdedores Pop y con aquella canción, “Planes”, que reconocía la derrota generacional: “Solo quería ser el escritor de mi generación/ que me lean en el tren/y en la universidad también.../Pero el destino tuvo otros planes/ los fracasos siempre son iguales...”**** Lo que siguió después, que abarca el mejor momento de mi vida (hasta ahora, y probablemente ya por siempre), fue una fiesta solitaria, en una casa vacía, con la claridad del día ya empezando a empezar, pero ¡cuánta clase!...



*Andrés Calamaro, el gran Andrés Calamaro, reescribía con tóxica gracia la letra de Nebbia y cantaba “Con mi bolsa yo me iré a naufragar”.
** Es más, tengo la teoría de que la extrema popularidad del heavy de esa primera mitad de los noventa fue la causa de que una enorme masa de adolescentes usara el “pelo largo”. Había si uno se fija un “espíritu de época” también en lo capilar. ¿Es una percepción mía o hoy ya no se ven tantas “chapas largas”? En todo caso, ese es un punto a favor para adolescentes de hoy.
***Andrés, otra vez. Dijo el poeta: “Amanece ya y los últimos invitados están/ poniéndose sus abrigos o arrodillados/ llorándole a un pescadas su borrachera cruel/ o confesándole sus pecados a la pared/ Y en rigor de verdad/ la fiesta ya terminó” (“Adiós, amigos, adiós”, 1989).
****¿Por qué nos gustará tanto esta letra, no? :)

miércoles, 16 de mayo de 2007

Sumando ausencias a nuestra vida


Iba a pasar en algún momento.

Ojalá lo hubiese escrito yo

La extraña amistad de Melville y Hawthorne –además de, casi nada, haber sido decisiva para la escritura de Moby Dick– produjo estos versos que cantan un dolor y que, quizás sin quererlo, definen el amor y el destino del amor:

Haberle conocido, haberle amado,
después de una larga soledad,
para llegar a ser dos extraños,
aunque ni el uno ni el otro tengamos la culpa.

miércoles, 25 de abril de 2007

Desde la Feria II: una cacho de cultura

Algunos momentos vibrantes que tuvieron lugar en estos días:

-gente preguntando dónde queda la sala "José Luis Borges", "Rodolfo Bioy Casares" o "Boy Cáceres" (este último es muy bueno, me suena a cantante de banda paraguaya homenaje a Culture Club).
-personas que asistían a la presentación del libro de Larry de Clay.
-la presencia del antedicho de Clay.
-Martín Caparrós diciéndole a una encantadora compañera de trabajo "¿adónde tengo que ir yo?".
-Pacho O´Donell preguntando por el baño.
-Javier Calamaro negándose a firmarle un autógrafo a la única persona que lo había reconocido.
-un sujeto que se había llenado los dedos con savora y se paseaba por la Feria chupándoselos.
-el rumor de que viene Chomsky.

Seguiremos informando.
-

jueves, 19 de abril de 2007

Desde la Feria del Libro

Empezó la Feria del Libro y A Naufragar tiene un agente infiltrado en la Organización. Los primeros reportes de nuestro hombre (llamémosle N. V.) nos permiten afirmar que:
–la cara de Lía Salgado está en cuenta regresiva para un estallido que será para alquilar balcones
–Julián Weich es petiso.
-En el acto de inauguración se reservaron dos filas para invitados vip (por ejemplo, para el amigo de Tom Waits). En la segunda fila de este vip, entre gente "de la cultura" y funcionarios impecablemente vestidos, adivinen quién estaba...No, ése, no... No, ése tampoco... Vestido con una remera con "vivos" amarillos y un pantalón desastroso, estaba el bombo oficial del menemismo y tantos otros: El Tula. Insólito (o no tanto, en fin). El bombo, por suerte, no lo llevó.
-la ética del gremio docente está en plena crisis: N.V., nuestro hombre, fue sobornado por una docente con dos barras de chocolate para conseguir un certificado que justificara los días que no había ido al colegio.

Así estamos.
En breve más noticias.

sábado, 14 de abril de 2007

Al final de la escalera

Abrí la puerta y al final de una escalera ascendente estaba Casas.

Se me ocurrió que esa disposición de los ambientes, el hecho de que al abrir la puerta uno no tuviese más opción que ascender hacia, contenía un deliberado simbolismo. Por otro lado, pero en el mismo sentido, esta primera imagen no dejaba de tener un correlato con los hechos (no me animo a decir “realidad”): quiero decir, se marcaba la distancia entre un poeta en serio (Houses) y uno que hace lo que puede (este escribiente). Hacía mucho tiempo que no iba a una lectura, así que no pude sino experimentarme como un extranjero entre la fauna –en el mejor de los sentidos– literaria o bohemizante.

Había también un vaso al que estaba adosado Mairal.

El lugar, el C. C. Pachamama, estaba medio sold out. Yo no lo conocía y nuevamente caí en un momentáneo engaño: por fuera, es bastante feo: apenas una puerta y una pared con el nombre horriblemente escrito; pero por dentro es muy lindo, más bien amigable y simpático. Cinco poetas leyeron, con dispares resultados. Para no individualizar, cosa que sería muy desagradable en este caso, puedo decir que dos de los autores tuvieron una pobrísima performance textual, otro resultó interesante y a otro casi no lo pude escuchar, por encontrarme al lado de uno de los poetas que ya habían leído, quien se empecinaba en hablar con un confidente de un asunto que no parecía poder esperar.

Pero, como era esperable, el momento de Casas fue el más alto y señaló el límite. Su performance fue diferente no sólo por el texto que leyó (referido a Céline): los poetas anteriores leyeron sentados; Casas, en cambio, lo hizo de pie. Y esto me hizo pensar en que quizás haya ahí algo que pensar acerca de la comodidad y el compromiso con la poesía; que no solamente es poeta quien escribe poesía, sino también quien puede sostenerla con el cuerpo. Pero, en fin, tal vez sólo tuvo ganas de estar parado; de todas maneras, esa fue la impresión que tuve. El hecho de que estuviese parado también sumaba teatralidad y dramatismo al momento a causa de la posición de la luz, que lo iluminaba desde abajo dándole una siniestra fragilidad a toda la escena. Gran momento.

La velada se cerró, para mí, con la encantadora presencia de Alvy Singer, con lindas canciones que tienen –por lo poco que pude escuchar– cierto lejano gusto a cabaret francés, en algunos momentos, y también buenas letras. Hubo una de Leonard Cohen.

Y me fui mientras la música seguía sonando.

lunes, 9 de abril de 2007

La propia ausencia

Me hubiese gustado ir a la charla con Tom Waits del sábado, dentro de las actividades del BAFICI, pero como no soy un auténtico fan supuse que esas pocas entradas merecían ser obtenidas por otros.
Los comentarios que andan por ahí hablan de una pobre labor de los entrevistadores, que habrían sido casi boludeados por Waits. Pero supongo que tampoco debe de ser fácil tener al tipo ahí enfrente. En fin, aquí algunas crónicas del acontecimiento:

http://encerradosafuera.blogspot.com/2007/04/tom-waits-en-vivo-en-el-bafici.html
http://forodecine.blogspot.com/2007/04/bafici-tom-waits-en-bafici.html
http://baficifreak2007.blogspot.com/2007/04/nota-tom-waits-en-el-bafici.html

Y una perla, al menos para mí que no estaba al tanto: el blog de... Telerman (¡!):

http://jtelerman.blogspot.com/2007/04/tom-waits-en-el-marco-del-bafici.html

(Noté que no hay comentarios en el blog del afrancesado: o no lo lee nadie o todos los comentarios son puteadas y no los habilita. ¿No sería mejor que se dejara de escribir pelotudeces y arreglara una puta calle o algo?*)

*Un comentario cargado de brutalidad y hasta –quizás– injusticia hacia el pelado, pero que no pude evitar.

domingo, 8 de abril de 2007

Lucas, sus errantes canciones


Lucas Martí, el más interesante singer-songwriter de los últimos años (el otro talento es Coiffeur), publicó un libro de ilustraciones y collages. En general, este tipo de obras no tienen demasiada suerte desde lo estrictamente estético, pero quién sabe, tal vez en este caso las cosas sean diferentes.
Lamentablemente me perdí la presentación, a la que sólo hubiese querido ir para experimentar la cercanía del hombre que está en la izquierda de la foto, ser que –sin lugar a dudas– es un replicante. Nótese el sutil pero presente reflejo rojo en la mirada; préstese atención a ese horrible conjunto de jean, tan deudor de lo peor de los ochentas; no pasemos por alto tampoco la falta de emoción que este Nexus demuestra ante la música y las palabras que a su lado están teniendo lugar. En fin, creo que esto es evidente. A mí no me engañan.

Libro.

Lucas toca el 2 de mayo en La Trastienda.