
lunes 8 de junio de 2009
Canciones pegajosas

lunes 20 de abril de 2009
La Nueva Luna Rosa

Volvió a salir la Pinkmoon.
Vía Lunes felices llega la noticia de que la mejor no revista musical de la web está otra vez entre los vivos y los no tanto. El pequeño y alienado ambiente indie tiene lo que se merece.
Imperdibles las clásicas secciones como Por Dio callate, donde hay declaraciones de las rockstars porteñas, que regala joyas como éstas:
–¿Con este disco esperan llegar a mucha más gente?
Sebastián: –No, para nada. El público pueden ser diez, diez mil o cien mil. Como le pasó a Velvet Underground, que no tenían muchos seguidores.
(Sebastian Carreras - pagina 12 6 diciembre 08)
Si Entre Rios es Velvet Undergound, ¿Rosario es Nico? ¿Lucena es Cale? ¿Romina D'Angelo es Moe Tucker? ¿Sebastián es Lou?.... y Palito es Warhol??!!
O las 5 diferencias, esta vez entre Calamaro y una tira de fizz.
O un repaso de lo que quedó de la escena de los noventa:
Paoletti- Abogado
Dargelos - Millonario
Rosario Blefari - Adolescente
Bochaton - Pre adolescente
Los Brujos - Empresario
Carola Bony - Instructora de pilates
Rodrigo Martin - lider de una gran banda
Ariel Minimal - Juan Carlos Baglietto
y sigue...
Y mucho más.
¡A leer!
domingo 19 de abril de 2009
Superstar
Gracias a él supe que Tura Satana tuvo un romance con Elvis y que la canción "Superstar" (de Leon Russell y Bonnie Bramlett) que tocaban los Carpenters originalmente se llamaba "Groupie" y había sido inspirada por una novia de Eric Clapton.
Long ago, and, oh, so far away
I fell in love with you before the second show.
Your guitar, it sounds so sweet and clear, but you’re not really here.
It’s just the radio.
Don’t you remember you told me you loved me baby?
You said you’d be coming back this way again baby.
Baby, baby, baby, baby, oh, baby.
I love you, I really do.
Loneliness is such a sad affair, and I can hardly wait to sleep with you again.
What to say, to make you come again?
Come back to me again, and play your sad guitar.
viernes 6 de marzo de 2009
Las teorías salvajes

Ya muchos hablaron del libro de Pola Oloixarac, así que sólo escribo unos pequeños apuntes:
1. En términos de repercusión, el plan de Las teorías salvajes era simple y efectivo (¡cómo no se le (me) había ocurrido a otro antes!): meterse con Puán y los setenta en un registro paródico necesariamente iba a generar revuelo (además de que la novela está sostenida por una arquitectura literaria elegante y divertida, claro).
2. El final, que parodia "El Aleph" en clave política e histórica, ya está entre los mejores finales de la literatura argentina (no creo estar exagerando demasiado).
3.1 El haber tomado a Ranni como uno de los íconos ochentosos de la representación de los setenta es de una sublimidad absoluta.
4. El tono paródico paródico y divertido de la novela tiene, en un nivel más profundo, una intención de pensar el núcleo de violencia que nos constituye. La relación entre política y sexualidad, entre posiciones políticas y posicionamientos del cuerpo (en más de un sentido) es un tópico de la literatura argentina desde “El matadero”; quizás Las teorías señalen el momento final de ese esquema.
5. Es la primera novela en la que se cita a Morrisey (creo).
7. Kamtchowsky (blogger, entre otras cosas) reescribe el diario de su tía desaparecida, lo comienza a pasar a máquina cuando tiene once años. Ese cambio de tecnología se reescribe cuando es ya una joven y en lugar de pretender cambiar el mundo hackea Google Earth: es gracioso; aunque si uno entiende eso como el agotamiento de la dimensión épica en una joda adolescente es un poco triste.
8. "Los más leves signos de la noche me parecen overturas de masacres" (página 97).
viernes 27 de febrero de 2009
Festival
Viernes 6 de marzo:
Atlas Santa Fe 1: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: Nina Simone, Love Sorceress... Forever, de René Letzgus (2008, 79')
17.20: Loquillo: leyenda urbana, de Carles Prats (2008, 110')
19.30: Johnny Cash at Folsom Prison, de Bestor Cram (2008, 97')
21.30: The Clash, Westway to the World, de Don Letts (2000, 80') Clip soporte: "Día del huracán", de El Mato a un Policía Motorizado, de Mariano Goldgrob.
23.15: Kurt Cobain: About a Son, de Aj Schnack (2006, 96'). Clip soporte: "Music Dealer", de Nussbaum, de Marcos Medici.
01.15: Joy Division, de Grant Lee (2007, 96').
Atlas Santa Fe 2: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: The Godfather of Disco, de Gene Graham (84')
17.00: Caledonia Dreamin’ (The Sound of Young Scotland), de John MacLaverty (59') + Edwyn Collins: Home Again, de Paul Tucker (74')
20.00: Algo va a pasar, de Leandro Listorti (65')
21.30: Metal: A Headbanger’s Journey, de Sam Dunn (96')
23.30: End of the Century: The Story of the Ramones, de Jim Fields y Michael Gramaglia (108')
01.30: Everyone Stares: The Police Inside Out!, de Stewart Copeland (74')
Atlas Recoleta: Guido 1952, Capital Federal. Teléfonos: 4322-8866/8936/8986
15.00: The US vs. John Lennon, de David Leaf y John Scheifeld (100')
17.00: Made in Sheffield: The Birth of Electronic Pop, de Eve Wood (52')
18.15: Celia The Queen, de Joe Cardona y Mario de Varona (84')
20.15: Hay lo que hay, de Ezequiel Muñoz (60')
21.40: NY77 The Coolest Year in Hell, de Henry Corra (87')
23.30: Public Enemy: Welcome to the Terrordrome, de Robert Patton (104')
01.30: Sonic Youth: Sleeping Nights Awake, de Michael Albright (85')
Sábado 7 de marzo:
Atlas Santa Fe 1: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: Vinicius, de Miguel Farra (120')
17.30: Nina Simone: Love, Sorceress, Forever, de René Letzgus (80')
19.30: Oasis: Lord Don’t Show Me Down, de Ballie Walsh (94')
21.30: Babasónicos, de Daniel Melero y Agustín Carbonere (60')
23.00: Fearless Freaks: The Flaming Lips, de Bradley Beesley y Mark Mike Shepperd (100'). Clip soporte: The Tormentos - Il Diavolo In Corpo, de Berta Muñiz.
01.20: Sonic Youth: Sleeping Nights Awake, de Michael Albright (85'). Clip soporte: "Bddda!", de Los Peyotes, de Pablo Fusco
Atlas Santa Fe 2: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: Caledonia Dreamin’ (The Sound of Young Scotland), de John MacLaverty (59') + Edwyn Collins: Home Again, de Paul Tucker (74')
17.50: The Clash Westway to the World, de Don Letts (80')
19.45: Beastie Boys: Awesome I Fucking Shot That, de Adam Yauch (90')
21.45: La cocina, de Jorge Villar (2008, 100’)
23.45: The Pixies: LoudQuiteLoud, de Stephen Cantor y Matthew Galkin (85')
01.30: The Rolling Stones: Gimme Shelter, de Albert Maysles, David Maysles y Charlotte Zwerin (90')
Atlas Recoleta: Guido 1952, Capital Federal. Teléfonos: 4322-8866/8936/8986
15.00: The US vs. John Lennon, de David Leaf y John John Scheifeld (100')
17.15: Johnny Cash at Folsom Prison, de Bestor Cram (97')
19.10: Metal: A Headbanger’s Journey, de Sam Dunn (96')
21.15: The Godfather of Disco, de Gene Graham (84')
23.10: A Technicolor Dream, de Stephen Gammond (90')
01.00: End of the Century: The Story of the Ramones, de Jim Fields y Michael Gramaglia (108')
Domingo 8 de marzo:
Atlas Santa Fe 1: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: Everyone Stares: The Police Inside Out!, de Stewart Copeland (74')
17.00: Kurt Cobain: About a Son, de Aj Schnack (96')
19.00: Joy Division, de Grant Lee (96'). Clip soporte: "Casi lo entiendo", de Isla de los Estados, de Eleonora Margiotta
21.00: 100 Pájaros, (sobre Los Rodríguez) de Sergio Bellotti (70')
22.45: A Technicolor Dream, de Stephen Gammond (90'). Clip soporte: "France" de Brian Storming, de Sepia
Atlas Santa Fe 2: Av. Santa Fe 2015, Capital Federal. Teléfonos: 503-ATLAS (28527)
15.00: The Rolling Stones: Gimme Shelter, de Albert Maysles, David Maysles y Charlotte Zwerin (90')
16.45: Work in Progress
18.00: NY77 The Coolest Year in Hell, de Henry Corra (87')
19.45: Beastie Boys: Awesome I Fucking Shot That, de Adam Yauch (90')
21.30: Fearless Freaks: The Flaming Lips, de Bradley Beesley y Mark Mike Shepperd (100')
23.35: The Pixies: LoudQuiteLoud, de Stephen Cantor y Matthew Galkin (85')
Atlas Recoleta: Guido 1952, Capital Federal. Teléfonos: 4322-8866/8936/8986
15.00: Vinicius, de Miguel Farra (120')
17.30: Loquillo: leyenda urbana, de Carles Prats (110')
20.00: Public Enemy: Welcome to the Terrordrome, de Robert Patton (104')
22.00: Celia The Queen, de Joe Cardona y Mario de Varona (84')
23.50: Made in Sheffield: The Birth of Electronic Pop, de Eve Wood (52')
domingo 8 de febrero de 2009
Notas sobre El Chico de la Moto
“Tu madre... no está loca. Tu hermano tampoco, aunque lo piense la mayoría. Sólo está en la película equivocada. Nació en un momento inoportuno, en un lugar inoportuno. Tiene el don de poder hacer todo lo que quiere, pero no encuentra nada que desee hacer. Quiero decir "nada".” Dennis Hooper le dice estas líneas a Rusty James en un bar. Los dos están sentados de un lado de la mesa; del otro lado de esa frontera simbólica que es la mesa de ese bar, en el exilio del deseo, está El Chico de la Moto (The Motorcycle Boy). De un lado, los dos hombres se miran e intentan hablar; del otro lado, la mirada lejana del mejor Mickey Rourke señala una fisura, una distancia palpable como una amenaza, como una electricidad estática, pero alejada indefinidamente, imposible de ser clausurada: esa distancia es la que existe entre el tiempo y el tiempo ya transcurrido, entre lo que está pasando y lo que ya no es posible ser mensurado por su agotamiento, por su cambio de categoría: El Chico de la Moto está alejado del resto infinitamente porque cifra un misterio inaccesible, un poco a la manera de Bartleby: puede hacer lo que quiera pero simplemente “prefiere no hacerlo”.
En ese sentido, Rumble fish es evidentemente una película política: el espacio al que está circunscrita la narración pertenece al orden de lo cerrado, tanto para Bartleby (la oficina) como para el Motorcycle Boy (el pequeño pueblo). Ese ámbito cerrado puede ser leído como una metáfora del Estado (una forma de organización social que regula la vida), y está claro que las cuestiones jurídicas son una de las patas que sostienen la película. La crisis del deseo, la fatiga con la que mira el mundo El Chico de la Moto, su infinito aburrimiento (recordemos que en un momento dice que el único motivo por el que los otros lo habían elegido como líder era porque todo aquello de las peleas de bandas lo aburría enormemente), su mirada diferente, son cosas que no pueden ser toleradas por la Ley (el policía que finalmente lo alcanza). En algún sentido, él es como un buda, un iluminado: El Chico de la Moto, cada uno de sus gestos, cada palabra, más que dichas acariciadas por la voz, susurradas debajo o más allá de sí mismas, está atravesado por una paz infinita: ya ha dejado atrás todo, incluso el nombre propio. “No deberías haber vuelto” le dice el representante de la Ley. Pero lo que no acaba de comprender es que es que él vuelve para poder irse.

"Miramos a los animales porque nos traen noticias de otra parte. El animal guarda el secreto de la naturaleza del hombre y por eso lo interrogamos sin obtener nunca confirmación sobre nuestra propia naturaleza. Lo que el animal devuelve al hombre es su propio vacío (o, lo que es lo mismo, el vacío de sentido de su origen, del cual el animal, por principio, debía resultar una mediación)" (Link, Literatura y disidencia).
Probablemente, uno de los momentos más intensos sucede cuando el Chico de la Moto mira los peces y cuando luego los libera. La liberación de los peces es, no un sacrificio, sino la última enseñanza que le deja a su hermano Rusty James: no es la liberación de sí en una identificación con los animales, es la liberación de su hermano, para que puede romper el encierro en el que su propia imagen está (Rusty James quiebra, después, los vidrios del auto de policía que le devolvían su reflejo). La belleza del gasto está en la ausencia de finalidad productiva inmediata. Sin embargo, el final puede desautorizar esta lectura.
Cuando Deleuze habla de ciertos personajes de Melville en Crítica y clínica dice: "criaturas de inocencia y de pureza, afectados de debilidad constitutiva, pero también de una extraña belleza, petrificados por naturaleza, y que prefieren ninguna voluntad en absoluto, un vacío de voluntad antes que una voluntad de vacío (el negativismo hipocondríaco). Sólo quieren sobrevivir volviéndose piedra, negando la voluntad, y se santifican en esta suspensión. Son Cereno, Billy Budd y, más que ninguno, Bartleby". En la misma línea se puede inscribir El Chico de la Moto: la Ley no puede tolerarlo porque pertenece a una naturaleza primera, originaria, que no "es separable del mundo o de la naturaleza segunda, y ejerce su efecto en ella: revelan su vacío, la imperfección de las leyes, la mediocridad de las criaturas particulares, el mundo como un baile de disfraces".
Pero nada de esto importa. Los textos menos cercanos a la poesía tienden a cerrarse, a organizar un argumento sólido e inteligente, cosa que está al alcance de casi cualquiera. El texto poético, por el contrario, se abre constantemente, sus vacíos se derraman en exceso oximorónico hacia y desde nosotros. Uno puede querer ver en esa niebla constante que aparece a lo largo de toda la película una materialización o una objetivación de esta cualidad inaccesible. Fabián Casas dice que Rumble fish no es una película sino un poema; según Nicolás Rosa, la poesía más que un género es un sistema de interferencias: la idea alude, si entiendo bien, a una región no racional que corta el tramado sintagmático del mundo, el viento neblinoso que refresca los pulmones de los lenguajes. El viento que recorre Rumble fish.
Hoy en Radar: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/subnotas/5095-872-2009-02-09.html
martes 27 de enero de 2009
La muerte del Joven Thrasher

Los músculos de las piernas ya se me empezaban a poner duros.
Lo bueno es que como hacía mucho que no caminaba tanto me daba cuenta de cómo la sangre circulaba dentro de mí y de cómo me había olvidado de esa sensación. Hasta hace unos años atrás todavía iba a jugar al fútbol dos veces por mes al menos, pero después dejé, no fui más. Ahora me parecía como si yo fuese un muerto que volvía desde la tumba.
Íbamos caminando y pasamos por una disquería, le dije al Gato que seguro que ahí vendían merca o algo así porque hoy en día una disquería chiquita no tiene ningún sentido. Toda la gente que conocíamos ya no compraba discos.
Nos paramos en la vidriera con curiosidad, quizás encontráramos algo interesante. Quise prender un cigarrillo y me di cuenta de que me faltaba el encendedor.
—¿Entramos? —me dijo El Gato.
Atendía un tipo de pelo largo. Me pareció muy raro que no pusieran música. El Gato me dijo que por ahí al tipo le dolía la cabeza o algo y que por eso el local estaba en silencio. Me parece que el flaco nos escuchó porque en seguida puso cumbia. Lo miré y me sonrió, como diciendo “viste qué onda tiene esta banda”. Yo, a mi vez, lo miré como diciendo “la verdad es que no: es una garcha”. La mayoría de los discos eran de cumbia y de cantantes románticos; lo único cercano al rock´n´roll era una pequeña sección heavy metal.
—Mirá, boludo… mirá si estuviese acá El Joven Thrasher —le dije en broma al Gato.
El Gato me miró raro.
El Joven Thrasher era un personaje sobre quien El Gato contaba a veces alguna que otra historia, siempre de forma diferente y siempre muy evidentemente falsa, aunque nunca vi que reconociera que ese personaje no era real, sino que era producto de sus ganas de contar algo o del aburrimiento. Empezó a hablar acerca de él cuando estábamos en el colegio secundario, momento en el que aparentemente tenía relaciones con el Joven. Con los años siguió con la historia, aunque ya no nos la contaba a nosotros, digo a Lucía y a mí, (porque ya la conocíamos) sino que se había vuelto un relato obligatorio ante cada persona nueva que aparecía: al cabo de un tiempo, el Gato terminaba por hacerles su relato. La mayor parte de las anécdotas del Joven Thrasher siempre estaban ubicadas temporalmente en nuestra adolescencia, sólo de vez en cuando introducía algún detalle más actual. Pero este día me iba a enterar de algo nuevo.
Según lo que él decía, El Joven Thrasher era un flaco más o menos de nuestra edad, fanático del thrash-metal, que formaba parte de la hinchada de Tigre. Por supuesto que lo imaginábamos (porque nunca nos lo describió físicamente) vestido con chupines, botitas Topper negras, remera de Metallica o Venom, campera de cuero negra y pelo largo. Las hazañas del Joven Thrasher eran insólitas: a veces lo veíamos enfrentándose solo con veinte tipos de la hinchada de Nueva Chicago, y El Gato contaba que, aunque lo rodearan y lo cagaran a golpes, el Joven Thrasher siempre pedía más. Nunca una golpiza era suficiente para él. “Peguen, putos, peguen”, dice que decía. Otra vez contó que yendo a bordo de un colectivo casi vacío, camino a San Fernando, aprovechó que el chofer bajó en un kiosco para comprar cigarrillos y que el colectivo había quedado en marcha para ponerse él mismo al volante y e irse con el bondi un par de cuadras. Levantó algunos pasajeros más y lo dejó tirado cerca del río.
Una sola vez El Gato contó algo que lo involucraba personalmente a él: parece que una noche volvían caminando de una fiesta por las calles del bajo de San Isidro. Él había tomado un poco, pero El Joven Thrasher estaba reescabiado, decía. Caminaron en silencio hasta que pasaron por una casa (supusieron que lo era) en un terreno muy grande. No es raro encontrarse por San Isidro con casas enormes y de grandes jardines, casi como mansiones. Lo extraño es que ésta parecía muy descuidada en comparación con las demás: adentro se veía todo oscuro, lleno de árboles y arbustos sin podar.
Una vegetación tan rara invitaba a la curiosidad.
Entre el terreno y la vereda había una pequeña pared de poco más de medio metro, y, cada tanto, una columna. El terreno, del que no sabían si era una casa, una mansión o qué, parecía muy grande; casi ocupaba enteramente la cuadra. A lo largo de toda la pared habían puesto, desde luego, rejas: varillitas de más o menos dos centímetros de diámetro. Hacia adentro no se veía nada porque era de noche y por todos los árboles y el pasto que había, pero los dos alcanzaban a intuir que había algo a lo lejos. Y la noche, el alcohol y el aburrimiento, los hizo más curiosos que de costumbre.
El Joven Thrasher fue el primero que habló. “Entremos”, dijo. En una situación normal El Gato se hubiera negado, hubiera tomado conciencia de que era muy peligroso y podrían ir presos. Pero la noche no parecía preparada para la duda. Además, negarse hubiese significado pasar por cobarde delante del Joven. Así que aceptó.
Empezaron a revisar las rejas buscando alguna que estuviese floja o que diera espacio para meterse. El Gato cada tanto miraba a la calle por si llegaba a venir alguien. “Estaba cagado, pero ya no podía echarme atrás”, dijo que había pensado.
—¡Vení que acá hay una que está medio floja! ¡Vamos a sacarla! —le dijo El Joven.
Entre los dos hicieron fuerza y consiguieron sacar la varilla. El Gato la quiso poner en el suelo y entrar. Pero el Joven le dijo que no, que mejor la llevaran, porque les podría hacer falta.
—Sacate el buzo y envolvételo en el brazo, por si viene algún perro —dijo también.
Nunca, decía El Gato, había estado tan asustado como en ese momento. Cuando levantó la pierna por encima de la pequeña pared y entró, sintió que se estaba mandando una cagada gigantesca. Los faroles de la calle no llegaban a iluminar nada dentro del terreno. La oscuridad era casi total, salvo por una especie de resplandor que venía desde el fondo del terreno. Todavía estaban cerca de la pared, o sea que tenían la calle ahí, a mano para volver, estaban a tiempo de irse.
Pero caminaron un poco más.
Muy muy despacio porque no sabían dónde estaban pisando. El Joven Thrasher iba adelante, pero El Gato no alcanzaba a verlo. Solamente escuchaba su voz que le decía “dale, vamos”. Esperá, dijo El Gato, y notaba que el “dale, dale” que venía como respuesta sonaba cada vez más lejano. En ese momento, “no sé cómo”, contaba, todo salió mal. No podía ver nada, así que tenía que dar pasos cortitos. Pero, aunque caminaba con mucho cuidado, igual no pudo evitar meter la pata en un pozo, o tal vez fue que pisó alguna cosa, no sé, pero la cuestión es que se cayó. Y lo hizo arriba de unas chapas o algo, porque el ruido en la madrugada de ese sábado fue tremendo.
Apenas unos segundos después, se encendió una luz en el fondo, desde donde venía el resplandor, y se escucharon ladridos de perros. Pudo haber sido solamente uno, pero El Gato imaginó una jauría. Dice que escuchó un “¿quién anda ahí?”, pero a esa altura del miedo tal vez sólo haya sido su imaginación.
Ni lo pensó. Todo duró segundos. Se levantó como pudo y salió corriendo. El buzo que llevaba envuelto en el brazo quedó tirado por ahí. Pero lo peor fue que en la desesperación por salir y escaparse, en la oscuridad, perdió el sentido de la ubicación. No lograba orientarse, ya no sabía dónde estaba el hueco, dónde estaba el lugar de la reja que habían sacado. Todo duró segundos, pero parecían décadas, contaba. Ya ni siquiera escuchaba si había más ladridos o si alguien gritaba. Al final, de casualidad (porque la hilera de rejas era muy larga), encontró el hueco. Le pareció que no era el mismo que por el que habían entrado, porque le costó más trabajo atravesarlo, tanto que casi se queda trabado.
Pero salió.
Una vez que estuvo en la calle corrió con tanta fuerza que los músculos de las piernas parecían prendérsele fuego. “Pensé que iba a entrar en combustión espontánea”, decía. Cuando llegó a la Avenida Centenario paró. Todo le hervía: las piernas, los pulmones, las ideas, el corazón. Recobró el aliento y se acordó del Joven Thrasher.
Tomó conciencia de que lo había abandonado.
Lo imaginó devorado por la salvaje jauría que el dueño de eso (porque no sabía si era una casa, un terreno abandonado, una mansión o qué) les había soltado; pensó que quizás en medio de la oscuridad El Joven había caído en un pozo (trampa, por supuesto, del terreno). Mientras esperaba el colectivo se preguntó por qué lo había hecho; por qué carajos tuvo que entrar en ese lugar del diablo, pero en el fondo, más intensamente, se preguntaba por qué había dejado solo a su amigo.
Durante un tiempo no se volvió a cruzar con El Joven; El Gato no tenía su teléfono. Cuando se veían era porque de casualidad se encontraban en la plaza o caminando por ahí. Así que por unas semanas, dejó de ir a la plaza y salía con un poco de miedo a la calle. No porque el Joven le fuese a hacer algo, sino porque le avergonzaba no poder explicar lo que había hecho: ¿cómo decir que uno fue un cobarde?
Cuando se volvieron a encontrar ninguno de los dos hizo mención a aquella noche: El Gato por vergüenza, El Joven vaya uno a saber por qué; quizás haya estado tan pasado que no se acordaba de nada, o quizás esperara que El Gato dijera algo primero, después de todo el que había estado mal era él.
Cuando le mencioné el nombre del Joven al Gato, se puso serio.
—El Joven Thrasher se murió —dijo— No sé cómo no te enteraste si hasta salió por Crónica…
—Me estás jodiendo, ¿cómo no me lo habías dicho?
—Boludo, se ahorcó en Puente Saavedra, del lado de Cabildo. Fui un quilombo terrible porque quedó colgando del puente y no lo podían bajar. Y los autos seguían pasando y el chabón ahí, como un péndulo medio macabro. Cortaron la calle y tuvieron que ir los bomberos con el camión ése que tiene la escalera ¿viste?, para ver si lo bajaban. Me contó El Gordo que habían llevado también unos reflectores para que los tipos pudieran trabajar, así que todo parecía un escenario, como si fuera un fragmento de una obra de teatro. La gente que miraba no lo podía creer. Y él colgando de la soga, con el reflector en la cara, moviéndose por el viento, por arriba de todo el mundo…
El tipo de la disquería había apagado la música otra vez. Me pareció que no tenía muchas ganas de que siguiéramos dentro; se daba cuenta de que no íbamos a comprar nada, así que dejó que el silencio y su propia mirada se volvieran insoportables. Yo tampoco tenía muchas ganas de seguir estando ahí, igual; lo que me había contado El Gato me había hecho cambiar el humor. Supuse que ya nunca más iba a volver a escuchar historias del Joven Thrasher y me entristecí.
Salimos y seguimos caminado hacia San Isidro. No faltaba mucho para que llegáramos a mi casa. La tarde se había nublado, y hubiese jurado que el frío que sentía ahora era diferente del de antes de entrar en esa disquería. El Joven había muerto.
jueves 20 de marzo de 2008
Del fantasma

Un hombre que se ha desvanecido
hasta ser impalpable, por muerte, por
ausencia, por cambio de costumbres.
Fragmento de Antología de la literatura fantástica
Me paré frente a la puerta y no se abrió. Supuse que era debido a alguna imperfección en la posición de mi cuerpo y me moví. Intenté varias posturas y alternativas para que el dispositivo pudiera captarme, pero nada ocurría. Me dije que tal cosa no podía ser posible y me alejé de la puerta, a unos 20 metros, y resolví volver a intentar. Caminé otra vez, con impulso renovado, hacia la misma salida simulando no pensar en el desplante anterior. Seguramente se había tratado de alguna anomalía momentánea y ahora sí podría irme por fin de ese lugar. Por la puerta de al lado un hombre grosero y con pinta de viejo cheto me miró con una sonrisa burlona y lasciva, mientras su puerta se abría de par en par.
Nuevamente, nada pasó. Con una rabia que parecía heredada de siglos venideros, tuve que usar toda mi fuerza para abrir la puerta del infierno ésa; cuando había logrado abrirla unos quince centímetros, la cosa intentó una última y brutal resistencia que casi me hace pasar vergüenza frente a los parroquianos. Forcé mis músculos al máximo y finalmente pude salir. Caminé unos metros más y me di vuelta a mirar: la puerta ahora estaba abriéndose para dejar salir a la persona que venía después de mí.
Perplejo, mientras recorría el camino de vuelta a mi casa, empecé a pensar en lo sucedido. Comencé, como es lógico, a dudar de mi propia existencia (deporte que practico con fervor) y me hice algunas preguntas bastante obvias. ¿Por qué cuando yo entré el mecanismo me captó como humano, como materia, e hizo que la puerta se abriera y cuando quise salir no? ¿Acaso la visita al Unicenter nos resta humanidad, nos hace ir dejando de existir? ¿O es que nada tiene que ver el Shopping y es sólo que yo estoy sufriendo un proceso de afantasmamiento personal y privado?
Envuelto en esa clase de conjetura intrascendente y vulgar, decidí que, mejor, no voy más al Shopping.
domingo 10 de febrero de 2008
Veinte segundos
Cuatro personas en una sala. Ahí, ahí, acá. Y allá. La distancia espacial en realidad es la misma, pero hay otras distancias además de la meramente espacial, todos lo sabemos. Por ejemplo, uno no podría de ninguna manera afirmar que entre esos cigarrillos y yo existe la misma distancia que entre The picture of Dorian Gray y yo, aunque ambos objetos estén a la misma cantidad de centímetros de mis manos, sobre la mesa. El ejemplo agota la idea.
Es casi la una. Nos estamos despidiendo; como creo recordar vagamente que una vez dijo que cantaba le hago algunas preguntas acerca del tema. Dice que lo hace en un grupo de jazz. Le pregunto por su cantante favorita, respuesta correcta: Ella Fitzgerald. Y dice que grabó algunas canciones, entre ellas “Summertime” (favorita mía y de todos, claro). No puedo evitar pedirle algunos segundos de Gershwin. Ella se niega, más por humildad que por verdadera vergüenza, pero rápidamente cambia de parecer.
Summertime,
And the livin' is easy
Fish are jumpin'
And the cotton is high
Your daddy's rich
And your mamma's good lookin'
So hush little baby
Don't you cry
One of these mornings
You're going to rise up singing
Then you'll spread your wings
And you'll take to the sky
¿Hace cuánto no te emocionás con alguien? ¿Días, semanas, meses, tal vez? Sin embargo, a veces hace falta tan poco (¡en realidad no es poco!), o mejor, alcanza con algo tan sencillo como una voz. Milagros de las personas. Una estudiante, en una sala pequeña, en Recoleta, delante de tres personas más (esa clase de intimidad), Gershwin, Ella, Cortázar (¿no se puede pensar en jazz sin pensar en Cortázar, maldita sea?), el cielo sin decidirse a llover o a caer sobre nuestras cabezas (cfr. Asterix, el galo, discursos de Abraracurcix), y la voz más dulce del mundo. Veinte segundos fuera del tiempo (¿raro, no?). En ese momento el universo se componía de una sola persona y su voz. Cuando terminó le mostré mi brazo: se me había erizado la piel.
sábado 26 de enero de 2008
Alienación

Encontrar un sáncuche de milanesa bueno y barato cerca del Club Argentino de Ajedrez puede dar lugar a una auténtica dérive: uno se siente un poco Debord y un poco en París, al observarse siendo un cuerpo (en carne viva en busca de carne muerta) trazando recorridos absurdos en una deconstrucción urbanística de la Buenos Aires coqueta.
Igualmente, ahí termina el parecido: Debord buscaba una revolución en la vida cotidiana, una ruptura del continuum aparente que impone la sociedad capitalista, en cambio, uno sólo quiere masticarse un cacho de vaca.
La estupidez popular dice que llevamos mucha gente dentro: el enano fascista, el niño, el adolescente, el cerdo burgués, el rebelde, veinte años (en un –incierto– rincón del corazón). Pero olvida al situacionista. El mío me obligó a vagar por las excesivas calles porteñas en busca de comida, sin plan, desoyendo la voz vulgar que me recordaba los beneficios de contentarse con el indigno pero cercano pebete de jamón y queso, infame pseudocomida que, sin embargo, produce un cierto placer (inmediato: es decir, vulgar). La errancia me llevó hasta cierto arrabal, alejado del Club, austero y agauchado, en donde vendían milanesas a un precio razonable; sentado en la puerta, esperando por mi comida, casi al borde de la alucinación a causa de la hambruna, noto que del flujo de personas se recorta, como salida de una filmación precaria y un poco deteriorada por efecto del tiempo, una extraña mujer, anciana y pequeña, que se acerca hacia mí con intenciones poco claras.
—¿Y Pericles?— me preguntó afligida.
—¿Cómo dice?
—¿Dónde está Pericles? ¿Dónde?
—Mmm, creo que no lo conozco…
—Pero ¿y ahora? ¿Quién me avisa a las dos menos diez, eh?
No pude evitar la curiosidad de preguntarle qué iba a pasar a las dos menos diez. La mujer no me respondió.
—¿Usted puede avisarme a las dos menos diez?
—Y… no, yo ya me voy…
—¿Pero usted no es Pericles?
Me disculpé con la señora y le dije que ya era el momento de que me fuera: la conversación estaba yendo para un lugar que me resultaba incómodo. Me fui, mejor dicho, huí del lugar, abandoné mi milanesa a una espera perpetua, y corrí en busca de mi reflejo, en alguna vidriera, en cualquier auto. Cuando encontré un vidrio apropiado, me miré con fruición: para mi tranquilidad, yo era yo; por un momento, temí lo peor, que una mutación espontánea me hubiese afectado; durante unos segundos tuve miedo de que yo fuera Pericles. Respirando hondo comprobé que no.
¿No?
El episodio me dejó una conclusión; a veces hay que conformarse con lo que está cerca (sólo a veces); pero también una duda: ¿por qué la mujer, en lugar de esperar a que Pericles le dijera la hora, no miraba simplemente en el reloj que tenía, perfectamente en hora y funcionando, en la muñeca izquierda?
domingo 13 de enero de 2008
Qué es oler una flor

Mi experiencia de lectura con Theodor Adorno no recuerda muchos momentos de poeticidad, por eso me sorprendió encontrarme con un cierto pasaje de Dialéctica del Iluminismo en el que los muchachos (no se olviden de Horkheimer) se permiten explicar qué es oler un flor:
relampaguea al sentido del olfato, se une con la extrema cercanía
de lo incorpóreo. Es un recuerdo de la prehistoria. "
Me parece una idea muy hermosa pensar que cada vez que olemos una flor nos sentimos complacidos más que por el aroma por la rememoración de una felicidad perdida, pero también por la posibilidad de un cambio en el estado de cosas: la flor es una grieta que nos permite ver lo que puede ser el mundo, nos dice que las cosas podrían ser mejores que esto. Un ojo de cerradura en una puerta que creemos cerrada.
No en vano, muchos años después de Adorno, la relación entre las flores y la revolución fue entrevista por Alejandra Pizarnik, en su famoso poema, cuando dijo que: "la rebelíón consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos".
Lo bueno de la literatura es que modifica la experiencia: ahora oler una flor será distinto para mí.
jueves 3 de enero de 2008
Kafka para multitudes
¿Cómo nadie advirtió hasta ahora que este sketch no era sino una reescritura de "Ante la ley"? Es evidente desde la elección del nombre del protagonista: Borges, quien tantas veces fue Kafka. Borges como personaje dentro de una reescritura de la parábola kafkiana es tal vez una las jugadas más irónicas de la cultura popular argentina.
La versión de H. Sofovich, llena de judaísmo (no olvidar las apariciones de Divina Gloria hablando en yiddish), enriquece notablemente el texto original: al colocar en el lugar del guardián a una mujer (Silvia Pérez); al escindir dialécticamente a Borges (en Álvarez); y al situar a dos personajes, misteriosos y carentes de lenguaje, tal vez no humanos, que sí podían ingresar al interior de la ley (en este caso, la ley es la mass media).
Otro elemento a tener en cuenta es la recurrente afición de Borges a las palabras cruzadas, tengo una teoría para eso pero temo ir demasiado lejos.
sábado 22 de diciembre de 2007
Los Amigos Muertos
Los amigos muertos no pueden leer esto.
Los amigos muertos comen en una mesa larga y redonda, porque una de las ventajas de ser un amigo muerto es poder pensar que algo sea largo y redondo; los ojos de ellos todavía tienen algo de vida cuando se achican para representar las sonrisas, sin embargo pronto se asoma, como desde el fondo de pozo, un detalle que revela el escondido eco subterráneo de la mortaja.
Cada uno está perfectamente vivo por separado: él tiene un hijo; aquél acaba de volver de Zurich; él está resfriado; el de pantalón gris está extrañando a su mujer ahora; él con su mambo, y así. Pero juntos son como una banda de rock que se llama Los Amigos Muertos y tocan viejas canciones que nadie –salvo ellos– quiere escuchar, con solos de guitarra y de batería, con guitarras Gibson a veces, con guitarras Faim, otras; por un momento, puede parecer que suenan bien: porque tienen oficio, porque el vino se ocupó de afinar los instrumentos, porque las tumbas tienen buena acústica.
Mientras están sobre el escenario, la cantidad de luces que tienen frente a ellos los enceguece y no les deja ver. Por eso es que piensan que hay un público interesado abajo, pero es una ilusión. Cuando terminan de comer, se levantan de la mesa larga y redonda y salen a la calle, con la soberbia del viejo temperamento. Pero una vez fuera, entre los vivos, su condición de cadáveres se hace ostensible. Quieren hacer algo (cualquier cosa, lo que sea para demostrarse que no son Los Amigos Muertos) pero no pueden. Uno de ellos dice "Sólo podemos recordar"; yo le digo que es triste que diga algo así. "Vos lo escribiste", respondió. Yo, con una melancolía completamente fuera de lugar, entre la muchedumbre de la calle que ignoraba el exceso trágico que estaba teniendo lugar ahí, le dije que una cosa es escribirlo y otra escucharlo en carne viva. Apenas dicho eso, me pregunté con qué derecho hablaba yo de "carne viva", si lo que estábamos haciendo era velar junto al cajón de nuestro propio cuerpo.
Hubo un tiempo en el que las fiestas eran algo más que hablar de otras fiestas; en que las cosas eran inolvidables justamente por no necesitar sostenerse en la mera memoria. Ahora sin memoria no seríamos ni siquiera Los Amigos Muertos.
jueves 13 de diciembre de 2007
La vida falsa
El observador, tras varias observaciones llega a creer que puesto que hasta ahora siempre que ocurrió A se ha dado B, en el futuro ocurrirá lo mismo.
Nunca hay observaciones suficientes para relacionar A con B.”
Esa última cláusula lo cambia todo. Lo que se rompe es la atadura con el pasado, porque podría ser que (y el “Nunca hay observaciones suficientes para relacionar A con B” me permite pensarlo) se diera el caso de que yo no fuese consecuencia de lo que fui sino de lo que mi ser sincrónico es con todo lo demás: que yo no sea sino un resultado o un efecto lúdico de todas y cada una de las posiciones que las demás personas representan en este momento. Si cada persona es una vida que yo no voy a poder vivir nunca, se me ocurre que mi papel (mi vida) es más un descarte que una elección de verdad. Y así, cada uno es el desecho de los demás.
(Fragmento de mi libro Sala de Ensayos, de próxima aparición por Pentatónica Ediciones)
lunes 10 de diciembre de 2007
Communication Breakdown
Estos son parte de las decenas de comentarios que fueron borrados del blog de Personal. Por suerte alguien pudo capturar algunas imágenes (tomado de personalfestdesastre.blogspot.com)–Eduardo Fabregat en Página: lo que hay entre el silencio de los medios y las versiones "oficiales".
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/
8586-2744-2007-12-10.html
–Fotos de los incidentes (por Ramón Indart):
http://2papiros.blogspot.com/2007/12/personal-tu-forma-de-apualarte.html
–Video
http://www.vxv.com/videolog=ilmaxi?13664%20video%20filmado%20unos%20segundos
%20despues%20de%20la%20primer%20estampida
sábado 8 de diciembre de 2007
Operación masacre

El dicho dice que "cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía". Pero como yo no soy demasiado sensible a la sabiduría popular del refrán, suelo pasar por alto sus advertencias. Así que ayer viernes recibo un sorpresivo llamado que me anunciaba entradas gratis para el Personal Fest y no desconfié. Error.
Ya era tarde, así que las bandas (The Dandy Warhols, Phoenix) que me interesaban ya habían tocado; sin embargo, acepté ir –sin demasiado ánimo– con la esperanza de que el show de Snoop Doggy Dog no fuera muy malo. Pensaba que me caía simpático Snoop, pero no. Llegando al estadio me di cuenta de que lo que pasaba era que yo, no sé por qué cuernos, lo confundía con Coolio. ¡Ah, ése era el que me caía simpático! El hip hop no es lo mío para nada.
Pero ya estaba ahí y, bue, hubo que entrar. Alcancé a ver el final de Phoenix (dos minutos de su última canción). Después me aburrí, bostecé y me cansé de escuchar al tipo de Cypress Hill, con ese discurso pro-marihuana tan estúpido e inconducente.
Supuestamente lo que continuaba era Snoop D. D. Pero el tipo tardó casi dos horas en llegar. La gente se puso impaciente, argentinos vestidos "a la gansta" que mostraban su mímesis gestual prolijamente aprendida.
Y ahí el desbande. Primero una avalancha gigantesca. Estoy acostumbrado a las avalanchas de recital, en general hay aguantar un poco la presión y no pasa más allá de ahí. Pero esta vez fue distinto. La avalancha no paró y la gente caía como fichas de dominó de carne. Imagínense más de 15.000 personas cayendo. Yo caí también, arriba de unas chicas; traté de no pisarlas ni lastimarlas, aunque se hacía difícil. Todo habrá durado unos 20 segundos. La cosa era que la avalancha no era avalancha, sino una estampida. Caíamos porque la gente que estaba más cerca del escenario pretendió salir corriendo en la dirección opuesta, para salir, para escapar. Aparentemente hubo una persona que sacó un arma y otro que apuñaló a alguien, así que era entendible el pánico.
Nunca había vivido una situación de pánico masivo, pero siempre había creído que de tener que vivir algo así yo conservaría la calma y simplemente actuaría de la manera más inteligente, permaneciendo ajeno a la desesperación de "la masa". La realidad, sin embargo, es bien distinta. Cuando ves que 10000 0 15000 personas vienen corriendo desesperadas hacia vos, no podés mantener la calma. Uno se vuelve carne instintiva, pierde humanidad, se vuelve animal acorralado.
Entonces, me levanté del piso, pero la persona que estaba debajo mío también intentó levantarse, lo que causó que nos cayéramos los dos otra vez. Varias personas me pisaron las piernas; creo que no me quebraron de casualidad. Miré hacia atrás y vi con espanto que la turba enajenada estaba a dos segundos de pasarme por encima. Entonces, de no se sabe dónde ejecuté un movimiento que mi mismo cuerpo desconocía, una maniobra más propia de un atleta que de mí y pude pararme. Ya de pie corrí sin dirección hasta que la estampida paró.
Una chica llorando me pidió que la acompañara porque tenía mucho miedo. Yo más que asustado estaba perplejo. Por supuesto que nadie de la organización salió a calmar a la gente ni nada. Pensé que, luego de unos minutos, todo había terminado ya, así que amagué caminar en dirección al escenario. Después de caminar unos metros, otra vez lo mismo. Una nueva corrida. El panorama que quedó después fue de chicas en crisis de llanto y miedo, flacos descolocados por la situación, solitarias zapatillas tiradas por ahí y el desconcierto de los sujetos con pechera de "prevención". Que el lugar haya sido el Club Ciudad de Buenos Aires fue la causa de que esto no haya sido una masacre, porque es tan grande que permite correr. Pero en ese momento me imaginé lo que debe de haber pasado en Cromagnon. La verdad es que –qué tonto ¿no?, pero es así– una cosa es pensarlo y otra vivirlo.
Inmediatamente después de la segunda corrida general salió a tocar Snoop D. D. Supongo que no le importaba nada de lo que había pasado, porque ni siquiera hizo mención alguna a todo el lío que hubo. Es más, en un momento le preguntó a unos de los músicos en qué país estaban. Miré todo el show desde un costado, preguntándome el sentido de todo aquello. Me acordé de los famosos recitales de los Doors que terminaron con quilombos, de los de Riff y los incidentes, de los Stones en Altamont, con los Hells Angels apuñalando a un chico, aquel show de Ramones en Obras que acabó con autos destrozados en la Av. Libertador, los problemas en los shows de los Redondos, etc.
En vivo, entre canción y canción de Snoop Doggy Dog se reproduce el sonido de un arma cargándose. Termina de cantar y suena "trak, trak" y empieza otra. Por supuesto, que ese sonido metaforiza la relación del hip hop con las letras, en donde cada canción funciona como un "arma" que se descarga. Me pregunto si sigue siendo efectivo el simbolismo, si no habría que cambiar la metáfora, si el sonido ése no se habrá vuelto literal, si no se habrá vuelto hacia sí mismo, si en lugar de una celebración vital estos festivales no se habrán vuelto un cortejo fúnebre.
Links:
http://eduardofabregat.blogspot.com/
http://esteeselblogdedanielloque.blogspot.com/2007/12/desastre-en-el-personal-fest.html
http://personalfestdesastre.blogspot.com/
http://josefinastown.blogspot.com/2007/12/personal-fest-da-1.html
http://ale-lopez.blogspot.com/
http://yourblues.blogspot.com/2007/12/un-silencio-personal_10.html
martes 20 de noviembre de 2007
A cuento de nada: diálogo
—Sí, puede ser... De manera que vos, aunque una serie de coincidencias parecieran querer inducirte a hacer una cosa, no les hacés caso...
—Casi nunca... salvo en determinados días en los que deliberadamente me propongo encontrar esas relaciones. Hoy, por ejemplo, tenía ganas de que fuese uno de esos días; y llegué hasta este bar por unas señales que decidí encontrar.
La miré y pensé que estaba más chiflada que nunca.
jueves 25 de octubre de 2007
Planeta Sprout

En nuestro contexto, tal vez lo mejor que se pueda decir de Prefab Sprout para que se nos revele su naturaleza divina es que ningún grupo argentino los ha mencionado nunca como una influencia. El rock argentino ha encontrado en los años de mayor popularidad internacional Sprout (la década del ochenta, principios de los noventa) otras formas más fáciles para establecer identificaciones (en los mejores casos: The Cure, Jesús & Mary Chain, My Bloody Valentine, etc; en casos menos afortunados: Oasis, Nirvana). Es que estos grupos tenían, además, una cualidad que es una condición sine qua non para una gran parte de la gente (me incluyo): una imagen irresistible, que incluso muchas veces opera con más fuerza que la propia música. Pero los Sprouts estaban bien lejos de ser lo suficientemente atractivos (aún teniendo a esa belleza vocal que era Wendy Smith) como para querer pegar un póster en nuestra habitación o salir corriendo a comprarnos una remera. Y, tal vez, la razón principal sea que definitivamente no es sencillo intentar una identificación compositiva con sus canciones, porque ¿cómo vérselas con un grupo que mixtura a Bucharach, McCartney, Gershwin, Cole Porter, Steely Dan, cierto jazzy-soul blanco, cierto funk light, etc.?
La historia empieza así: mientras en 1977 Inglaterra vivía el adorable espejismo punk, en Durham County, los hermanos Paddy y Martin McAloon empezaban a darle forma a la banda que se convertiría en uno de los puntos más altos de la historia de la música pop: Prefab Sprout (según Paddy –cantante, compositor, guitarrista, tecladista, y amable slow-speaker, por decirlo en términos seinfeldianos– el nombre a elegir para el grupo no debía de dar indicios acerca de la clase de música que ellos querían hacer). De los primeros tiempos del grupo quedan una serie de demos y grabaciones tempranas que con un poco de suerte se consiguen por la net, aunque cuando uno las escucha realmente no parece tratarse de la misma banda que luego conoceríamos. Evidentemente el espíritu de época del punk rock era tan omnipresente que hizo que uno de los cantantes más dulces y emotivos de la historia de la música pop cantara gritando (¡es más o menos como si descubriéramos un demo de Sade y nos encontráramos con que canta a lo Janis Joplin!), además de que se notan mucho los pocos medios técnicos; y que, como la banda de garage que eran, las canciones se resistían un poco a quedarse en tempo y escondían la genialidad detrás del barullo y la aún escasa destreza instrumental.
Dulces canciones que nublan tus ojos
Swoon (i.e.: desfallecimiento, desmayo) fue el primer disco, allá por 1984. Los primeros versos de la primera canción dicen: “Un bandido (outlaw) parado en una tierra campesina, en cada cara ve a Judas” (Don´t sing). Esa primera frase ya cifra gran parte del imaginario que luego Paddy iba a desplegar durante el viaje Sprout: primero, la fascinación por la cultura Norteamericana: el far west, el american hero, Elvis, las rutas, Manhattan; y por el otro lado: la religiosidad, la espiritualidad y las referencias bíblicas, producto de haber tenido una educación católica. Y hay, por supuesto, una tercera pata que, claro, es fundamental: el amor. No puede pensarse a los Sprouts sin la dimensión amorosa, del romance acabado o imposible y la melancolía más adorable que nunca se haya traducido a ese otro lenguaje que son las canciones. A pesar de que Swoon es un buen disco, tiene algunos problemas: Paddy todavía no acababa de encontrar la manera definitiva de cantar, la producción deficiente hace que el disco suene “chiquito” y sin la grandiosidad ultra hi-fi de casi todo lo que vino después, y las canciones aunque ya tienen un bosquejo de la estructura mccalooniana no consiguen dar ese salto que las convierta en pequeñas joyas brillantes y delicadas. Probablemente sólo Cruel sea la que ofrezca el mejor puente para lo que luego serían los Sprouts clásicos (“Soy un tipo liberal, demasiado cool para el dolor de macho/ Con un gusto secreto por la cereza en el pastel/ Mientras pierdo el tiempo lamentándome por los días/ que van de lo perfecto a lo meramente bueno”, Cruel).
Después de este disco, un acontecimiento crucial para la galaxia Sprout tendría lugar: el encuentro con el productor Thomas Dolby, quien en los ochenta era uno de los nombres propios a los que acudir cuando se trataba de sintetizadores y samplers (cfr. She blinded me with science). A partir de ahí ya nada podría detener la delicada maquinaria de Paddy: las canciones dan al fin con esas estructuras tan sofisticadas y tan poco habituales en la música pop, la instrumentación y el sonido perfecto permite que la mención de Donald Fagen sea pertinente, y la profundidad de Paddy como escritor se revela a una distancia de años luz de los demás. Para hablar de algunos contemporáneos: ni Paul Weller, desde Style Council, ni Roddy Frame, desde Aztec Camera, ni Robert Smith, podían competir como escritores con Paddy. Quizás sólo Morrisey pudiese vérselas con él, siendo tan pero tan diferentes.
Lo primero que produjo Dolby fue Steve McQueen (1985), disco que salió en EE.UU. como Two wheels good por problemas legales. Este es probablemente, como la mayoría de los críticos señala, el disco definitivo de los Sprout: hay una versión de lo western, con unos coritos a lo Beach Boys (Faron Young), una apelación al deseo como una forma de comunidad del hambre, que deja unas líneas memorables (“Si te llevás algo, devolvé lo bueno/si robás, sé Robin Hood/Y si tus ojos quieren todo lo que ven, entonces te anoto conmigo”, Appetite); canciones de amor tan desoladoras como tiernas: “¿Viste el tiempo? La dulce lluvia de Septiembre cae sobre mí como nunca/ hasta que me ahogo/ Cuando el amor se rompe” (When love breaks down), y aceptación del rechazo (“No sos el primero al que le pasa, pero lastima/Ella también es una persona/Y toma sus propias decisiones/¿Por qué no te unís a la Legión Extranjera/ si todavía estás enamorado de Hayley Mills?”, Goodbye Lucille # 1). Cada canción es una obra de arte: Desire as (“¿El deseo es una sílfide que cambia de opinión”), Bonny, Horsin´around, etc.
Además, a diferencia del primer disco, en éste Wendy Smith (coros) encuentra un lugar fundamental en el grupo. Creo que pocas veces un(a) integrante de un grupo significó tanto con una participación tan pequeña dentro de las canciones. Algunos biógrafos dicen que Wendy tocaba guitarras; la verdad es que si fue así, habrá sido en los comienzos. Se la puede ver con una guitarra colgada en el genial video de When love breaks down, pero en realidad es más para que Paddy pudiera teatralizar mejor la canción que otra cosa. En todas las filmaciones de conciertos, ella está a la derecha de Paddy, casi aferrada al micrófono, apenas balanceándose. Sin embargo, a pesar de que el papel de Wendy en los Sprout se limitaba a hacer coros y segundas voces, ella le da el carácter, ese extraño misterio, esa sensación de una cercana lejanía. Paddy es un cantante que te habla casi al oído; Wendy se encargaba de poner un poco de frío, un poco de niebla, un poco de irrealidad. Había sido una fan del grupo desde los comienzos (algunos dicen que groupie) y entró para aportar voces en el segundo single de 1983, que salió por su propio sello (Candle), The devil has all the best tunes. ¿Quién puede olvidar sus “uh uh, Johnny, Johnny, Johnny” y sus ojos verdes?
Esta etapa de los Sprout se completa con dos discos más: From Langley Park to Memphis, de 1988 y Protest songs, de 1989. El primero tiene clásicos como The king of rock´n´roll o Cars and girls, obligatorios en las FM, además de canciones tan elegantes como Nightingales, I remember that, Hey Manhattan, las mejores relecturas de la música norteamericana que se hayan hecho nunca. Protest songs, es el último disco de esta trilogía (conceptual y sonora).
En 1990, sale Jordan: the comeback, y marca un punto de ruptura con los discos anteriores. En principio es un disco más largo, de diecinueve canciones, que tiene menos cohesión, menos idea de totalidad. En la trilogía anterior la dominante era lo relacionado al deseo imposibilitado (siempre en términos ideales, porque nunca hay nada explícito, ni sexual, ni siquiera sensual en el sentido carnal, en el planeta Sprout) y al amor roto; en éste disco las otras dos patas del imaginario mcalooniano toman la posta: todo las letras deben leerse en clave bíblica o religiosa, y la presencia del far west es palpable ya desde los títulos de algunas canciones (Jesse James Bolero). Hay también una divertidísima canción que muestra algo que en general no aparece con mucha frecuencia en sus discos: el sentido del humor. Ése puede ser uno de los pocos puntos en contra que alguien tendría para condenarlos, porque incluso su canción más up-tempo y más animada (Cars and girls) tiene una letra que, aunque paródica, es inequívocamente melancólica (basta con escuchar el comienzo: “Brucie piensa que la vida es una carretera” y confrontarlo con el final “El chico consiguió un hot-rod, pero ésta es una carrera que no ganará”). En Jordan, Paddy se permite bromear con su fobia al casamiento y nos cuenta que hay un “baile cuyos pasos nunca pudo aprender: se llama ‘Marcha Nupcial’” (The Wedding March), mientras imita unas trompetas con una voz imposible.
Interludio
En 1992 sale una recopilación llamada A life of surprises, y a partir de ahí el grupo entra en un largo silencio. Durante ese tiempo Paddy se embarca en un proyecto solista llamado Earth: the story so far, una locura megalómana que aparentemente intentaba un recorrido por la historia de la humanidad, que ninguna compañía acabará queriendo y que ni siquiera él alcanza a terminar. El grupo recién volverá a la actividad cinco años después con Andromeda Heights, disco definitivamente adulto, definitivamente AOR, muy alejado de lo anterior en cuanto al sonido y la instrumentación elegida, incluso hay momentos en los que aparecen saxos que ni en un disco malo de Michael Bolton se atreverían a incluir. Además de que ya se va prefigurando la salida de Wendy del grupo: apenas se la puede escuchar en estas grabaciones. Es sin dudas el disco con menos identidad de los Sprout: si uno sacara la voz de Paddy difícilmente se podría pensar que es un disco de ellos. Las letras pierden un poco esa tonalidad propia de los discos anteriores, en donde desamor, pérdida y melancolía tienen una dramaticidad poética agridulce y enternecedora. Aquí el registro se vuelve más hacia lo melodramático, con versos como “El amor es una avenida de estrellas/lo sé porque he visto el resplandor” (Avenue of stars), o “La vida es un milagro, déjame decirte por qué/Si miras por encima tuyo, hay más estrellas/como ésta en el cielo” (Life´s a miracle).
El último disco original de los Sprouts saldría en 2001 y se llamaría The Gunman and other stories. Apenas empieza a sonar la primera canción ya nos damos cuenta de que las cosas se han encaminado con respecto al disco anterior: unos acordes de banjo nos mete de lleno en el viejo oeste, para soñar que “el amor es una bala de plata que aleja a tu mundo” y para declamar el deseo de que “escriban en mi tumba: aquí yace el chico que te robó el corazón” (Cowboy dreams). Las letras vuelven a tener la riqueza literaria habitual en Paddy: “Chica te canto esta canción por todas las miserias que te hice pasar/todos los cambios de ánimo que no puedo explicar/todos los días soleados que arruiné con la lluvia/por favor, perdóname si puedes” (I´m a troubled man).
Por qué no se puede no enamorarse de Prefab Sprout
1) El look ausente: En “la” década de los peinados, de los supervideos de Duran Duran, de MTV, los Sprouts eran la banda más confundida que podía existir. Si no, alcanza con mirar su primer video (When Love breaks down) en donde todo es perfecto y adorablemente lírico, pero Paddy usa… ¡una camiseta! ¡Parece Minguito, pobre! Mucho peor fue el periodo en que usó bigotes: uno no podía sino sentir como intolerable la tensión entre unas canciones tan lindas y un chico de veintipico con unos bigotes tan desastrosos. Mientras que, si uno ve a una banda que podría vibrar en una frecuencia remotamente parecida como Style Council, la comparación con los Sprouts es imposible. Ver a Paul Weller era como ver a un semidiós (aunque haya tenido también algunos looks ridículos), mientras que si veías a Paddy tenías ganas de regalarle un poco de ropa más o menos decente. De más está decir que los Sprouts no tenían peinados únicos (A Flock of Seagulls), ni sobretodos misteriosos (Echo & the bunnymen), ni unas personalidades conflictuadas (Morrisey), ni fama de excéntricos (Julian Cope), ni nada de eso. Sólo canciones.
2) Slow-speaking guy: escuchar hablar a Paddy es entenderlo, comprender por qué la música de los Sprouts es tan cool. No les habla a los entrevistadores, los envuelve en un susurro casi onírico. Hay que escucharlo.
3) Arrogancia ciega: Paddy no es sólo un músico pop, según sus propias palabras: “Sé que probablemente soy el mejor escritor del planeta. En serio. Solamente lo sé. Nadie sabe la mitad de las cosas que he escrito. Pero sé que soy realmente bueno porque me comparé con los grandes cantautores: Prince, Lennon y McCartney, Bacharach, Richard Rogers, Gershwin”. Esa infinita confianza en sí mismo no parece arbitraria si se observan algunas de sus letras como ejemplo:
Detrás de la suave y jugosa piel
Donde empieza el ADN o Dios
Donde se cimienta la putrefacción sub-gaélica
Con historias de tu madre
En mitos y en formas menos elevadas
Nace la gloria del cocktail temerario
(Dublín, de Protest songs)
4) La inocencia: el planeta Sprout es en cierto modo una huída hacia un espacio en el que no hay sexualidad sino idealismo romántico; todo ha sido depurado de cualquier connotación carnal. Tampoco hay demasiadas alusiones al mundo adulto del trabajo y las obligaciones; a cambio, encontramos referencias a la niñez y la adolescencia, como otras formas de la caída adánica. La poética de Paddy siempre gira alrededor de la pérdida y de un Edén al que es imposible regresar.
5) Los solos extraviados: En vivo los Sprouts eran una banda impresionante, sonaban tan ajustados que muchas veces superaban a la performance de los discos. Pero en algunos pasajes, sobre todo de la primera etapa, Paddy se larga a hacer solos de guitarra sin ton ni son: no llega a desafinar pero uno se pregunta qué quiere lograr. Es la misma clase de extravío que tiene lugar cuando por ejemplo, para tomar un caso argentino, Andrés Calamaro se pone a solear en la guitarra: en general, el resultado tiene más que ver con lo cómico que con la música.
6) Wendy: la corista realmente era una parte clave del grupo. Sin su voz entre lejana y de cálida frialdad, la banda hubiese sido distinta. Además, si uno es un chico, no puede evitar enamorarse de ella: tan frágil y tan marginal y con ojos tan verdes.
Fuera del tiempo
Que el mundo de Paddy es único y atemporal lo ejemplifica el disco que sacó una vez disuelto el grupo. I trawl the megahertz salió en 2003 y es probablemente el límite al que puede llegar un músico que venga del pop: son nueve temas, de las cuales tan sólo tres tienen letras, y en dónde la música está basada casi sólo en instrumentos de cuerda y alguna percusión. Violines, violas, cellos, bajo. El primer tema dura 22 minutos y tiene una letra increíble, por la extensión y por la profundidad. Todo el disco puede pensarse como un único tema que funcione como la banda de sonido de una persona que reflexiona acerca del paso del tiempo y de la vejez. I trawl the megahertz fue compuesto durante un periodo en el que Paddy sufrió de una enfermedad de los ojos que amenazaba con dejarlo ciego para siempre. La fragilidad de una existencia no pudo haberse plasmado en una grabación mejor.
Definitivamente, Paddy está en nuestro Olimpo.
jueves 18 de octubre de 2007
Ejercicio de melancolía académica
Todo mi dasein[1]
Y a cambio qué:
Una nada-de-ser[2].
Es que vos no entendés:
“te conformás” “con” “al” “para”
¡Óntica![3]
O en otra tradición,
Para compartir mi lenguaje
Para compartir mi mundo[4]:
Para hacer coincidir
Tu solipsismo y mi realismo[5]
Pero no.
Desde hace tanto
Sin Dios[6]
Desde hace un tiempo largo
Sin el hombre[7]
Y ahora esto.
Ahora, como Aquiles y la tortuga:
la imposibilidad de la meta[8].
Una ensalada rusa que ni Dios la entiende[9]
Lo que queda es el quinto viaje:
El vagabundeo estético.[10]
NOTAS
[1] Cfr. Martin Heidegger, El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
[2] Cfr. Jean-Paul Sartre, El ser y la nada, Altaya, Barcelona, 1997.
[3] “Lo propio de los entes y los conceptos y términos relativos a ellos son “ónticos”; lo propio del ser y los conceptos y términos relativos a él, “ontológicos””. José Gaos, Introducción a El ser y el tiempo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993, página 22.
[4] En el primer Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites del mundo.
[5] Cfr. Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, Altaya, Barcelona, 1997, página 143.
[6] Nietzsche: no hace falta señalar nada más.
[7] Cfr. Michel Foucault, Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Buenos Aires, 2005.
[8] “El rasgo esencial de esta inaccesibilidad del objeto fue muy bien señalado por Lacan cuando subrayó que no se trata de que Aquiles no pueda adelantarse a Héctor o la tortuga, sino de que no puede alcanzarlo: Héctor es siempre demasiado rápido o demasiado lento”. Slavoj Žižek, Mirando al sesgo, Paidós, Buenos Aires, 2000, página 19.
[9] Roberto Arlt, Los siete locos, Losada, Buenos Aires, 1995.
[10] Para una clasificación de los viajes, ver Daniel Link, “Tánger: ruina de la modernidad”, en Cómo se lee, Norma, Buenos Aires, 2003.
